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Este bálsamo de sebo de lavanda es la única cosa que me salva la piel en invierno

2026-01-18 · Lavender

Bueno, aquí estoy, otra noche de enero. El radiador hace ese ruidito de tictac que hace siempre. Afuera se ve todo negro y frío. Y yo, con la piel de la cara que parece papel de lija. La sequedad es otra cosa este año. Total, que abrí este bálsamo de sebo de res con aroma a lavanda que me llegó hace unas semanas. No voy a mentir, la idea de ponerme grasa de vaca en la cara me daba un poco de cosa al principio. Pero bueno, la desesperación es poderosa. Y este tarrito de bálsamo de sebo batido con lavanda se ha convertido en algo que de verdad espero cada noche.

Es de esos productos de los que no esperas nada. Lo compré más que nada por curiosidad, en una tiendita de Etsy. Decía que era sebo de res alimentada con pasto, hecho en Francia, batido hasta que queda con una textura súper ligera. Y que olía a lavanda. Mi piel es de esas sensibles que se enojan con todo, así que pensé “esto o me salva o me deja la cara hecha un desastre”. Spoiler: fue lo primero.

Cómo terminé usando grasa de vaca en la cara

La historia es tonta. Fue un martes, creo. O un miércoles. Estaba buscando algo, cualquier cosa, para los parches de piel seca que me salían junto a la nariz. Había gastado un dineral en cremas “hidratantes intensivas” que olían a químico y dejaban una película rara. Nada funcionaba. De verdad. Mi piel absorbía todo en dos segundos y volvía a estar tirante.

Entonces leí algo sobre el sebo de res, o tallow en inglés. Básicamente, es la grasa que rodea los riñones de la vaca. Suena asqueroso, lo sé. Pero la explicación es que la composición de esa grasa es muy, muy parecida a los aceites naturales de nuestra propia piel. Nuestro sebo humano. La idea es que, al ser tan similar, la piel lo reconoce y lo absorbe de verdad, en lugar de quedarse encima taponando los poros. Para pieles con eczema o sensibles, o simplemente secas por el frío, supuestamente era un milagro.

Yo lo único que pensé fue: “suena a remedio de la abuela, pero las abuelas suelen tener razón”. Y le di clic a comprar. El que elegí fue específicamente el bálsamo de sebo con aroma a lavanda. Porque si ya me iba a embadurnar la cara con grasa animal, al menos que huela bien. Que huela a algo relajante, de noche. No a barniz o a hospital.

Abrir el tarro por primera vez (y el olor)

Llegó en una cajita de cartón normal. Nada fancy. El tarro de vidrio es pequeño, cabe en la palma de la mano. Lo destapé con esa expectativa rara, entre “por favor funciona” y “esto va a oler a cocina”.

Y… no olía a cocina.

Olía a lavanda. Pero no a esa lavanda dulzona y artificial de los ambientadores. Tampoco a la esencia pura, que a veces puede oler muy medicinal. Era un olor… redondo. Calmante. Como si hubieran machacado las flores secas justo ahí. Había algo terroso también, no sé, como hierba seca bajo el sol. No es un perfume. Es el olor de la planta. Punto.

Mi novio pasó por al lado y dijo “huele a campo”. Y sí. Huele a campo limpio, a final de tarde en verano. Es un olor que no invade, que se queda ahí tranquilo. El bálsamo de sebo con lavanda tiene eso, que el aroma es parte de la experiencia, no un añadido molesto. Te relaja desde que abres el tarro. Promete sueño. O al menos, un momento de paz antes de dormir.

La textura es rara de explicar. No es una crema. Es como una manteca muy, muy batida. Es sólida, pero al meter el dedo cede al instante. Se derrite con el calor de la piel. Al principio está fría, claro, porque está en el tarro en la estantería. Pero en cuanto la frotas entre los dedos, o la pones directo en la cara, se convierte en un aceite ligero. No es grasiento. O sea, sí es grasa, pero no deja esa capa brillante y pegajosa que odio. Simplemente… desaparece. Se absorbe. Mi piel la chupa como si llevara años esperándola.

Mi rutina de la noche (con el bálsamo de lavanda)

Mi ritual ahora es esto. Después de lavarme la cara, con la piel todavía un poco húmeda, me siento en el borde de la cama. El tarro está en la mesilla. Siempre. Destapo, huelo un segundo. Es como un reset para el cerebro después del día. Cojo una cantidad pequeña, del tamaño de un garbanzo, con la yema del dedo.

Me lo pongo primero en las mejillas, que es donde más se me seca. Luego en la frente, la barbilla, el cuello. Lo masajeo suavemente. La sensación es… bueno, es hidratante. Se siente la piel que se alimenta. No pica, no escuece, no hace nada raro. Solo se va volviendo más suave al tacto según la extiendes.

Especialmente en invierno, con la calefacción a tope que te seca el aire, esto ha sido un salvavidas. Los “pies de gallo” que se me marcaban más cuando sonreía… se han suavizado mucho. No es magia, no parezco de 20 años. Pero parezco… descansada. Mi piel tiene un aspecto más uniforme, más sano. Ya no tengo esa tirantez horrible a media noche que me hacía despertar.

Y lo del aroma a lavanda es clave. Porque no es solo un skincare. Es un momento. Es la señal para mi cuerpo de que el día se acabó. Que toca relajarse. A veces me quedo un minuto solo respirando el olor, con los ojos cerrados, antes de apagar la luz. Es mi truco barato de aromaterapia. Un producto de skincare natural con lavanda que de verdad cumple con la parte de “calmante”.

¿Funciona de verdad? Lo que le pasó a mi piel

Al principio, las primeras dos noches, no noté un cambio brutal. Solo noté que mi piel no estaba tirante al despertar. Eso ya era un milagro para mí. Pero después de una semana más o menos, fue cuando me di cuenta.

Me estaba maquillando un sábado por la mañana y me pasé la mano por la mejilla. Estaba… lisa. Suave. Sin esas escamitas minúsculas que siempre tenía alrededor de la nariz. La base de maquillaje se aplicaba de otra manera, más uniforme, sin cuartearse. Mi piel simplemente estaba más feliz.

Lo empecé a usar también en las manos. En los codos, que siempre los tengo como raspados. Funciona igual. Es ese tipo de producto que sirve para todo porque, en el fondo, es simple. Es grasa buena, de la de verdad, con un aroma natural. No tiene veinte ingredientes imposibles de pronunciar. Es sebo de res batido y aceite esencial de lavanda. Poco más.

Ahora es un básico en mi casa. Hasta le regalé un tarro a mi madre por Navidad, que sufre de eczema en las manos en invierno. Al principio puso la misma cara de escepticismo que yo. Ahora me manda mensajes diciendo que es lo único que le calma el picor. Es gracioso cómo algo que suena tan antiguo resulta ser la solución.

Preguntas rápidas que me suelen hacer

¿El sebo de res es bueno para la cara? Sí, pero tiene su explicación. Nuestra piel produce sebo natural para protegerse e hidratarse. El sebo de res (o tallow) de animales alimentados con pasto tiene una composición de ácidos grasos muy parecida. Por eso la piel lo “reconoce” y lo absorbe profundamente, en lugar de rechazarlo o de que se quede obstruyendo los poros. No es una moda nueva; es un ingrediente que se ha usado durante siglos.

¿Un bálsamo de sebo no tapa los poros? En mi experiencia, no. Al revés. Como lo absorbe tan bien, no se queda ahí encima formando una capa. Las cremas convencionales a veces tienen ceras o siliconas que sí pueden obstruir. Esto, al derretirse y fundirse con tu propio sebo, hidrata desde dentro. Mi piel, que es propensa a granitos, no ha tenido brotes por usarlo. Todo lo contrario, está más calmada.

¿A qué huele el bálsamo de sebo de lavanda? Huele a lavanda de verdad. No a perfume. Es un olor herbal, terroso, limpio y relajante. No es dulce ni empalagoso. Es el olor de las flores secas, con un fondo que recuerda un poco al heno o a la hierba. Es muy calmante y es la parte que hace que usarlo por la noche sea un pequeño ritual para desconectar.

Bueno, y eso es todo. No soy experta en skincare. Solo soy una persona con la piel seca y sensible que encontró algo que le funciona de manera simple. Si estás harta de probar cremas caras que no hacen nada, o si el invierno te está maltratando la piel, quizás este bálsamo de sebo con aroma a lavanda merece una oportunidad. A mí me cambió la rutina. Ahora, en las noches frías, mientras el radiador sigue haciendo tictac, yo ya tengo mi pequeño ritual. Y mi piel, por fin, está tranquila.

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