Bálsamo de Sebo de Lavanda: Lo Que Pasó Con Mi Piel en Invierno
Estaba sentada en el sofá, el martes creo, con la calefacción haciendo ese ruidito de clic-clic que hace cuando se enciende. Y mi cara. Dios. Parecía un mapa de carreteras secas. Había probado de todo. La crema cara de La Roche-Posay, la que cuesta como treinta euros. Nada. La vaselina pura, que era como ponerse una bolsa de plástico en la piel. La loción de CeraVe de la farmacia, que a todo el mundo le funciona menos a mí. Mi piel estaba tirante, escamosa en las mejillas, y me picaba. Un picor sordo, constante. Como si llevara una máscara de barro que se hubiera secado hace tres días. Y era enero, el aire era ese aire de Madrid que no es frío frío, es seco y cortante. Desesperación pura.
Entonces mi amiga Clara, la que tiene un huerto en Toledo, me mandó un audio por WhatsApp. “Oye, esto va a sonar rarísimo, pero yo me pongo grasa de vaca en la cara”. Y yo, con la cerveza en la mano, casi me atraganto. ¿Grasa de vaca? ¿En serio? Como para freír patatas. Me mandó un link a una tiendita de Etsy, francesa, que hacía un bálsamo de sebo batido. De lavanda. Para dormir y eso. Yo lo miré con escepticismo total. Pero mi cara ya no aguantaba más. Y pensé, bueno, la lavanda huele bien por lo menos. Si es un desastre, lo tiro. Total, ya había tirado más dinero en cosas que no funcionaron.
Cómo Empecé a Ponerme Sebo en la Cara
Aquí va la parte rara. Sebo. Es la grasa que rodea los riñones de la vaca. Suena asqueroso, lo sé. Pero cuando lo lees, tiene cierto sentido. Resulta que la grasa de los animales rumiantes, si han comido hierba, está llena de vitaminas A, D, E, K. Y lo que más me llamó la atención: la composición es muy parecida al sebo de nuestra propia piel. O sea, a nuestro aceite natural. La lógica era que, en vez de ponerle a la piel algo sintético que no reconoce, le das algo que ya sabe cómo procesar. Que penetra bien. Que no tapa los poros porque, en teoría, la piel lo ve y dice “ah, esto es mío, lo absorbo”.
Aún así. Grasa de vaca. En un tarro. Para untarte.
Llegó en una cajita de cartón reciclado, muy simple. El tarro de vidrio era pequeño, bonito. Lo abrí con curiosidad morbosa, esperando un olor a cocina o a rancio. Y no. Olía a… lavanda. Pero no a lavanda de ambientador. Era más herbal, más de verdad. Como las bolsitas de flores secas que venden en algunos mercados. Un olor calmante, de esos que te recuerdan a algo pero no sabes a qué. Mi gato se acercó a olfatear y se fue, indiferente. Buena señal.
La textura era extraña. No era una crema. Era como una mantequilla muy espesa, pero más aireada. Al tocarlo con el dedo, se derretía un poco con el calor. Blanco, opaco. Me puse una pepita minúscula en el dorso de la mano para hacer la prueba. Al frotarla, parecía que se volvía aceitosa por un segundo, pero en serio, como en treinta segundos, había desaparecido. No dejaba película grasa. Mi piel ahí estaba… suave. No pegajosa. Rara.
Así que una noche, después de lavarme la cara con mi gel normal, me sequé y me puse una cantidad del tamaño de un guisante. Me lo extendí por la cara con la punta de los dedos, evitando la zona de los ojos por si acaso. Huele bien, pensé. Al menos la experiencia es agradable. Me acosté. No sentí esa capa asfixiante que sentía con otras cremas densas. Mi almohada no olió a nada raro por la mañana. Ese fue el primer milagro.
Lo Que Hace Este Bálsamo de Sebo de Lavanda
Al principio no noté nada espectacular. Al segundo día, mi piel no estaba tirante al despertar. Eso ya era algo. Para el cuarto o quinto día, el picor había desaparecido. Completamente. Eso fue lo que más me impactó. Llevaba semanas con ese picor molesto, y de repente, silencio. La piel se sentía más… tranquila. Esa es la palabra. No súper hidratada de golpe, no brillante, no milagrosa. Tranquila.
La textura es clave. Al ser tan parecido a lo que nuestra piel produce, absorbe de verdad. No se queda ahí sentado encima de tu piel como un invitado pesado que no se va. Penetra. Y la lavanda, no sé, hay estudios y tal sobre que es relajante, pero para mí es un ritual. Ponértelo por la noche es como una señal para el cerebro: se acabó el día. A dormir. El olor no es fuerte, es sutil. Se queda un ratito y luego se va.
Ah, y los labios. Un día se me ocurrió ponerme un poco en los labios, que siempre los tengo agrietados en invierno. Chico. Funciona mejor que cualquier cacao de farmacia que haya usado. No es brillante, no es pegajoso. Es como si reparara la piel de verdad. Ahora es mi truco secreto.
Aquí va una digresión total. Esto me recordó a cuando era pequeña y mi abuela usaba manteca de cerdo para todo. Para cocinar, para untarse las manos agrietadas del frío… Lo natural de toda la vida, que ahora nos parece extraño. Nos hemos acostumbrado tanto a los frascos llenos de nombres químicos que lo simple nos suena a antiguo. Pero a veces lo antiguo funciona. Perdón, me fui por las ramas. El caso es que este bálsamo de sebo, hecho en Francia con vacas de pasto, batido hasta quedar con esa textura de nube densa, es eso. Simple. Pero efectivo.
Mi Piel Después de Unas Semanas
No es que tenga la piel de un bebé. Sigo teniendo mis poros, mis días buenos y malos. Pero la sequedad extrema del invierno ha desaparecido. Las escamas en las mejillas se fueron. La piel ya no se siente como papel al estirarla. Tiene más flexibilidad. Y sobre todo, está calmada. Ese estado de alerta roja constante se apagó.
Lo uso casi todas las noches. A veces, si hace un frío terrible, también un poco por la mañana en las zonas más secas, antes del protector solar. Un tarro dura una barbaridad porque con muy poco es suficiente. Ya voy por el segundo, porque le regalé uno a mi hermana, que también sufre de piel seca y eczema, y a ella también le ha ido bien. Ella estaba más escéptica que yo, la verdad.
Comparado con todas las cremas caras que he acumulado en el armario del baño… es el que menos problemas me ha dado. No me ha salido ningún granito, no me ha irritado. Simplemente hace su trabajo. Hidrata en profundidad. Y el tema de las líneas de expresión… no voy a decir que las borra, pero la piel más hidratada siempre se ve más lisa, ¿no? Las patas de gallo están menos marcadas cuando me despierto. Eso es un hecho.
¿Lo Volvería a Comprar?
Sí. De hecho, ya lo he hecho. Es uno de esos productos que, cuando lo encuentras, te da rabia no haberlo sabido antes. Porque es eficaz, natural de verdad (la lista de ingredientes es cortísima: sebo de vaca de pasto, aceite esencial de lavanda, y poco más), y el ritual es bonito. No es glamuroso. No viene en una caja plateada. Pero funciona.
Si estás harta de probar cremas que prometen y no cumplen, si tu piel seca no responde a nada, o si simplemente te pica la curiosidad por esto del sebo, yo le daría una oportunidad. A mí me ha cambiado la cara este invierno. Literalmente.
Lo compré en una tienda de Etsy que se llama algo así como “Le Petit Gardien”. La chica que lo hace es francesa, muy maja, y se nota que le importa el producto. Todo es artesanal, en pequeños lotes. No es una producción masiva. Eso también mola.
Preguntas Rápidas Que Me Hacen
¿El sebo de vaca es bueno para la cara? Pues mira, en mi experiencia, sí. La explicación científica es que es muy similar a los aceites de nuestra piel, así que la piel lo reconoce y lo absorbe bien, nutriendo en profundidad sin obstruir. No es una crema que se quede en la superficie.
¿El bálsamo de sebo tapa los poros? A mí no me los ha tapado. Al revés. Como se absorbe tan bien, no deja una capa grasa encima que pueda obstruir. Es importante usar poca cantidad. Con un poquito basta.
¿A qué huele el bálsamo de sebo de lavanda? Huele a lavanda de verdad, herbal, relajante. No es un perfume dulzón ni artificial. Es un olor natural que se disipa rápido. A mí me gusta, es parte de lo que me ayuda a relajarme por la noche.
En fin. Si tu piel está en huelga este invierno, quizás merezca la pena echarle un vistazo a esto. A mí me sorprendió para bien. Y ahora no pienso pasar el frío sin él.
